Enigma para Poznan >Vivian Trias

En estos días Trías ha sido señalado como espía pago al servicio del régimen "comunista" de Checoslovaquia (1945-1990), y con un "conflicto íntimo" alineado a la invasión soviética de 1968. Hablaremos de todo eso, de "El sastre de Panamá" y "El topo" de John Le Carré. Pero primero si queremos la verdad, qué decía Trías. Aquí puede verse que les robaba el sueldo a sus patrones, un sueldo bien miserable, por cierto, según las fuentes de ese señalamiento. Artículo publicado en El Sol, 6 de julio de 1956 
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El jueves y viernes de la semana anterior, la ciudad polaca de Poznan fue escenario de una rebelión obrera. Al grito de Pan y Libertad -aspiraciones profundas y ancestrales de los hombres- se lanzaron a la revuelta los obreros industriales y fueron masacrados en las calles por el gobierno polaco. El saldo de mártires -cualquiera sea el vaivén interesado de las fuentes informantes- es, indudablemente, importante. Una revuelta proletaria sangrientamente sofocada es un hecho archiconocido en el mundo capitalista. Pero ocurre que Polonia, según los folletos y la propaganda de sus servicios diplomáticos, no es un país capitalista. Es un jalón de la revolución mundial; es una Democracia Popular, donde la clase obrera gobierna para bien del pueblo. Esto puede dejar perplejo a un observador pulcramente objetivo -si es que los hay- que intentara dilucidar "el caso Poznan".

¿Los obreros se insubordinan violentamente contra su propio gobierno, la expresión de su clase? ¿El gobierno de los obreros, que trabaja en bien del pueblo, reprime con tanques y sin piedad el clamor de pan y libertad con que las masas se mueven en las calles?

¿No es esto un verdadero enigma? ¿Un incitante tema para una trama policíaca? Entra, en efecto, dentro del planteo más absurdo. Sorprendente y excitante de los clásicos policiales. Aquel en que todas las evidencias llevan al lector a la atroz convicción de que la víctima es, también, el asesino. Buen asunto para Patrick Quentin, el celebérrimo autor de los "Enigmas" del Séptimo Círculo. Todo nos invita a introducirnos en él, a buscar su esclarecimiento, a indagar su dilucidación. Pero hemos de hacerlo con dos prevenciones lúcidas e insoslayables. Primero, "el caso Poznan" no es una novela, uno de esos relatos apasionantes y obsesivos que nos roban todo el sueño de una noche. Por el contrario, es un drama real. Con hambre, sometimiento, muertos y sangre auténticos; trágicamente auténticos. Segundo, "el enigma de Poznan" encubre una de las claves esenciales para la comprensión del mundo actual. Pero no adelantemos con demasiada prisa. Una historia de suspenso y misterio no debe leerse empezando por el final.

Las primeras pistas

A la mano de nuestro hipotético y pulcro investigador, hay tres interpretaciones del enigma.

La primera está inserta en una fundamental declaración del Partido Comunista de la URSS y ha sido compartida por las autoridades polacas. Dice así: "Las manifestaciones antipopulares de Poznan fueron financiadas por los dólares de EE.UU". Es interesante la identidad de argumentos y razones que ofrecen los dos grandes centros de poder en que se divide el mundo actual, cuando algún pueblo de sus dominios levanta la bandera insurgente contra la opresión y la miseria. Los yankis afirman -recordemos a Guatemala- "son maniobras del comunismo infiltrado que amenaza a la democracia". Los soviéticos repiten el disco, cambiando el nombre del culpable: "Son intrigas del imperialismo norteamericano y sus agentes".

Parece, según este modo de ver las cosas, que los pueblos hubieran perdido la capacidad de expresarse por sí mismos. Que fueran marionetas automáticas sin iniciativa y sin pasiones; olvidado ya hasta el supremo derecho de morir por el propio destino histórico. Otra interpretación, tan simplista y tan interesada como la anterior, es la que presurosamente nos alcanza la prensa de Wall Street. Los pueblos hambreados y sometidos por un hato de bandoleros y criminales intentan sacudir el yugo que los asfixia. El simplismo y la falacia de este enfoque radican, primordialmente, en que esa posibilidad sólo existiría atrás de la Cortina de Hierro y nada más que allí. Y Mr. Foster Dulles, marmóreamente insensible a los sufrimientos del pueblo guatemalteco y de cuyo dolor extrae buenos dividendos cortando cupones de las acciones de la United Fruit Company, ha ofrecido, angelicalmente, alimentos al pueblo insurrecto de Poznan.

Una tercera versión es la del presidente de la Federación Mundial y dirigente comunista italiano Di Vittorio. Esta constituye lo que Mr. Peter Duluth [protagonista de esas novelas policiales]  llamaría una pista excelente, un indicio prometedor. Se puede sintetizar así: el gobierno polaco se ha empecinado en una política económica que pone el peso de las energías de la nación en el desarrollo de la industria pesada. Ello ha desquiciado a la economía polaca, ha restado posibilidades a la agricultura y a la producción de bienes de consumo y ha causado "un hambre pasajera" -en este lenguaje parece que el hambre fuera una especie de salpullido benigno-. Esta sería la raíz de la insurrección de Poznan.

¿Cuál es la razón de que consideremos este punto de vista como un indicio auspicioso en nuestro afán de llegar al fondo del asunto? En primer término, porque tiene en cuenta una verdad sustancial. Si no existen condiciones sociales de subconsumo, de insatisfacción, que promuevan el descontento y aventen el miedo de las gentes, es inútil la tarea de los "provocadores" o "agitadores" para arrastrar a las masas a la insurgencia. Estas condiciones, de acuerdo a De Vittorio, se dan en Poznan.

Además, estas declaraciones del líder sindical comunista nos llevan de boca al problema medular que se agita detrás del "enigma Poznan" y que se agitó en la trastienda de las rebeliones populares de 1953 en Alemania Oriental y el "glacis" soviético. Es obvio que los lineamientos gubernamentales de las Democracias Populares europeas siguen un curso que se ha trazado en Moscú o en integral armonía con los intereses rusos. Si las consecuencias de esos lineamientos ponen a los pueblos en una actitud de resentimiento tal que los empuja a la revolución desesperada, con una siembra impresionante de víctimas, ¿no es legítimo concluir que entre los intereses soviéticos y las necesidades de su "glacis" existen contradicciones flagrantes? ¿Es por lo tanto la URSS una nación opresora e imperialista que explota pueblos débiles en su beneficio? Los comunistas ponen el grito en el cielo cuando se habla de estas cosas. Pero la verdad es que, tal como lo repetía Lenin, los hecho son muy porfiados y se quedan inmutables ante la gritería, la histeria, las consignas y los slogans. Creo que vale la pena detenernos en la consideración de este problema. Presumimos que el camino de la luz para el "caso Poznan" pasa por él.

¿La URSS es un imperialismo?

Los comunistas argumentan de una manera lúcida, hábil y clara para destruir la afirmación de que la URSS es una potencia imperialista. Sobre todo, es para los marxistas un modo atrayente y sugestivo de razonar. En síntesis muy prieta, podemos resumirlo tal como sigue:

a) El imperialismo es una consecuencia del desarrollo capitalista. Nace de las entrañas contradictorias y dialécticas del régimen capitalista. "Fase superior del capitalismo", lo ha calificado Lenin.

La URSS no es, técnicamente, una nación capitalista. Por lo tanto es imposible que engendre una expansión imperialista. Además, dicha expansión es un asunto vital para las potencias super-capitalistas. Requieren para subsistir, para evitar el impacto desintegrador de la crisis y aventar el fantasma de la revolución social, más y más mercados donde colocar sus crecientes y fabulosos excedentes de manufacturas. Y, por otro lado, exigen más y más fuentes de materias primas baratas para abastecer a esas industrias produciendo a un ritmo de locura. Es un círculo vicioso infernal.

b) Estos hechos infraestructurales explican las alianzas del capitalismo con las oligarquías semifeudales y latifundistas de las colonias. Ellas, explotando cruelmente a las masas campesinas, pueden ofrecer materias primas y alimentos baratos. También explican su negativa radical a todo posible proceso industrial emancipador de los territorios dependientes.

Véase, en cambio, cuál es la conducta de la Unión Soviética: 1. Allí donde llegó el Ejército Rojo liberador, apoyó a gobiernos que destruyeron el feudalismo y colectivizaron la tierra. Además, han emprendido una enérgica política de industrialización. 2. La economía autárquica de la URSS, que sólo exporta el 1% de su producción y que aún no ha podido cubrir la demanda de artículos en su propio mercado (absorbida por la construcción de la industria pesada) es una economía de escasez y no de superabundancia. Por ende, no necesita mercados. Vale decir que la expansión territorial no es una urgencia vital para ella.

Todo eso es verdad. Si sólo se otorga la calificación de "imperialismo" -y puede haber utilidad técnica en hacerlo así- a ese fenómeno que resulta del desenvolvimiento capitalista, la URSS no es imperialista. Pero hay otro enfoque del asunto, otro punto de vista del problema. Es el ángulo de los pueblos explotados por las grandes potencias. Y lo cierto es que si el imperialismo capitalista deforma la economía de los territorios subdesarrollados y somete a sus pueblos a una cruda explotación, la presencia del Ejército Rojo y la influencia soviética en su "glacis" europeo ha motivado, también, un tipo de deformación económica sui generis y ha traído el subconsumo y la miseria para sus masas populares.

El hombre que tiene hambre, que padece hondas necesidades y que comprende que la causa de ello radica en la presencia de un poder extranjero en su tierra, se sentirá sometido y explotado cualquiera sea el nombre que se dé al fenómeno histórico que lo oprime, y a pesar de los tecnicismos y de las habilidades argumentales de sus opresores. En una palabra, se puede definir el término imperialismo como la explotación que una nación fuerte y rica hace en su propio beneficio de un pueblo débil, y cualquiera sea la forma en que esta explotación se realice. Los hechos demuestran que la expansión soviética de posguerra en el continente europeo supone la deformación económica de los países sojuzgados en beneficio del desarrollo económico de la URSS y acarrea miseria y hambre para las masas de esos territorios.

Así las cosas, es evidente que existe un imperio soviético.

Un imperialismo sui generis

Los adversarios teóricos del marxismo piensan apuntarse tantos decisivos en su polémica cuando señalan pretendidos fracasos en algunas de las profecías formuladas por el pensador de Tréveris. Profecías que no provienen de dones sobrenaturales o de lucubraciones místicas, sino que son la conclusión dialéctica del hondo análisis del régimen capitalista realizado por Marx. Una de ellas afirma que el socialismo triunfará, en primer lugar, en los países altamente industrializados.

Ahora bien, la revolución de octubre ocurre en una nación infradesarrollada y dependiente como, sin duda, lo era la Rusia de 1917. ¿Cómo -preguntan ufanos los catecúmenos de la reacción- el primer éxito proletario, la primera victoria socialista en una nación atrasada? Marx se ha equivocado. Hasta Trotsky [aquí Trias pone "Trotzki", tal vez para introducir una pista falsa por si lo acusaban de trotskista, en lo que sigue hay también alguna pista falsa que otra, pero es enormemente valioso pese a ello] entra en ese juego e intenta su artificial hipótesis del "eslabón más débil de la cadena capitalista" en el afán de justificar a Marx y de afirmar la condición socialista de la revolución rusa. La verdad es que la revolución de 1917 tenía doctrina socialista, tuvo participación proletaria, pero no construyó el socialismo. Y por ende, Marx no se ha equivocado -estoy por conocer sus mentados "errores fundamentales".

Las bases humanas de la revolución rusa fueron el campesinado y los soldados: sus consignas incendiarias fueron Tierra y Paz. Pero el socialismo no podía erigirse sobre una infraestructura semifeudal, con una industria incipiente y canija. Le faltaba el cimiento, y el cimiento del socialismo es la sociedad burguesa. Las tareas medulares que tuvo por delante el gobierno revolucionario consistían en la realización de la reforma agraria y de la industrialización de Rusia. Tareas históricamente burguesas.

Lenin, sagaz, penetrante y profundo, vio con claridad este hecho una vez que se frustró la revolución en Europa. De su visión nació su desesperación, el drama íntimo de sus últimos años y los errores más lamentables del movimiento obrero. Cercada y acosada por el capitalismo, sin ayuda exterior, la URSS llevó a cabo la capitalización imprescindible para industrializarse sobre la base del ahorro del subconsumo de su pueblo. Ello exigía la dictadura y el aislamiento. Vino entonces la deformación del socialismo, que se trastroca en dictadura burocrática y en una economía que funciona para la acumulación y no para el consumo; es decir que, a pesar de su planificación, se asemeja más al capitalismo de Estado que al socialismo marxista.

La deformación de la infraestructura arrastró la deformación de la ideología superestructural, o sea la tergiversación del marxismo en cuyo nombre se había hecho la revolución. Tres hechos jalonan esta deformación doctrinaria: a) El absurdo "socialismo para un solo país"; b) los partidos comunistas como agentes de los intereses soviéticos y no como agentes revolucionarios de sus propios pueblos; y c) la monstruosa falacia de que la revolución proletaria mundial será la consecuencia del triunfo militar y del dominio universal de la Unión Soviética.

En el tintero de los ideólogos comunistas quedó una verdad sustancial del marxismo: la liberación del proletariado será la obra del propio proletariado. Es verdad que dicha fórmula para la conquista proletaria del mundo no es fácil encontrarla explicitada en los textos soviéticos.

El mismo Stalin ha definido la ley económica socialista como sigue: "Asegurar la máxima satisfacción de las necesidades materiales y culturales, en constante ascenso, de toda la sociedad, mediante el desarrollo y el perfeccionamiento ininterrumpido de la producción socialista sobre la base de la técnica más elevada". Nada dice de postergaciones, ni de esperas sacrificadas. Esos serían los objetivos inmediatos del proletariado en cada país. Y hagamos la constancia, imprescindible, de que tal definición fue escrita en 1952.

Pero a falta de palabras, sobran hechos. La tesis mentada -revolución obrera mediante el dominio militar y político del mundo por la URSS- surge de la conducta histórica de la Unión Soviética. Sobre todo, la de la última posguerra. En efecto, pocas veces la ocasión de una revolución victoriosa para los intereses de la clase obrera fue más propicia y auspiciosa. Las potencias capitalistas debilitadas, sus pueblos hartos de la guerra; imposibilidad material de arrastrarlos a una aventura bélica contra el ponderado aliado antifascista del día anterior. Por otra parte, inquietud social honda en Asia y Europa; tendencia evidente e irreprimible hacia la izquierda como lo demostraron los triunfos revolucionarios de China, Birmania [el caso de Birmania, donde sigue hasta hoy la masacre mucho más allá de esto que dice Trías, merecería capítulo aparte, ya llegaremos], Indonesia [¡ni hablar que también!] o las victorias electorales de Inglaterra y Francia.

Era el momento de empujar a los pueblos a ganarse, con sus manos y pensamiento, su destino revolucionario. Era el instante de ganarse, a fuerza de demostraciones tácticas y contundentes, la confianza del socialismo democrático. Todo esto, si realmente Rusia hubiera estado verdaderamente interesada en la revolución mundial. No entramos a analizar intenciones secretas y recónditas. No cuentan en la historia y, ya se sabe, el camino del infierno está sembrado de buenas intenciones. Lo cierto es que la actitud permanente e invariable de la URSS fue acrecer su poderío, aún a expensas de la revolución socialista en muchos países. ¿Cómo explicar, si no, el asesinato del primer gabinete birmano por un grupo de asalto comunista? ¿Cómo entender, si no fuera así, la destrucción -por la traición, la muerte o la prisión- de movimientos socialistas mayoritarios, maduros, heroicos en la resistencia antinazi, como los de Polonia y Checoslovaquia? ¿Cómo comprender, entonces, la puñalada artera asestada a la República de Indonesia en plena lucha de liberación antiimperialista? ¿Cómo justificar las dificultades opuestas -a la par del Departamento de Estado- a la socialización de las industrias del Rhur?

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, la URSS era la segunda potencia, después de EE.U. Pero había una considerable distancia entre ambas. Una simple relación lo muestra con nitidez: la producción de acero era cuatro veces mayor en EE.UU. que en Rusia. El problema, pues, consistía en alcanzar a los americanos del norte en su potencial industrial y bélico y, si fuera posible, sobrepasarlos. Sólo así se podría realizar el sueño de imponer la "revolución" tras la hegemonía mundial de la URSS. Esto explica la expansión territorial rusa y su febril carrera de rearme e industrialización. Véase que se expande hacia el oeste -en busca de naciones industrializadas- y no hacia el este, donde las condiciones para la revolución eran explosivas, pero donde sólo había zonas subdesarrolladas que poco le interesaban. En ellas, la política soviética consistió en ayudar sus propias rebeliones, para arrancarlas al dominio imperialista del capitalismo y debilitar a éste. Su interés real estaba en la Europa oriental. Allí sí, quería imponer sus directivas económicas en pos de un formidable avance industrial.

Antes de la guerra, la producción industrial rusa llegaba a un 10% de la mundial. La de sus conquistas europeas, incluyendo Alemania Oriental, a un 60%, o sea dos tercios de la soviética. Esto, por sí solo, sirve para entender diáfanamente la urgencia de la URSS por controlar esos territorios al alcance de su mano. De un zarpazo acrecía en dos tercios su producción industrial.

La industrialización también deforma

Los países satélites recibieron el comunismo -salvo Yugoslavia [también hablaremos] - como un don de lo alto. Es claro que, a poco andar, se dieron cuenta de que tal comunismo no se ajustaba muy bien a la definición staliniana, ni a las promesas de sus líderes. Es cierto que se colectivizó la agricultura y se inició un desarrollo industrial vertiginoso. Pero también es cierto que el estándar de vida de las masas desmejoraba -en algunos lados, como Praga [dice Trías que estaba a sueldo de Praga], era superior al de la URSS-, que la economía nacional se desquiciaba y que el equilibrio insoslayable entre desenvolvimiento agrícola e industrial se rompía amenazadoramente a favor del último. Además, la producción industrial protegida e impulsada por el gobierno no acordaba con las necesidades nacionales. En cambio, armonizaba a las mil maravillas con el esfuerzo industrial de Rusia. Llenaba sus huecos, colmaba sus insuficiencias; en una palabra, lo complementaba ayudando sensiblemente a conseguir el poderío exigido por Stalin.

Nació así un nuevo tipo de deformación económica montada en los ejes de un industrialismo exagerado, inconveniente y al servicio del extranjero. O sea que nació un nuevo tipo de realidad colonial, con entrega, miseria, explotación, sometimiento y grandes beneficios para la metrópoli. Vino a suceder, pues, que el comunismo -para polacos, húngaros o checos [los patrones de Trías]- significaba trabajar, trabajar, trabajar, trabajar y sufrir en beneficio de la Unión Soviética.

A ello se agregan cosas no menos irritantes. Por ejemplo, las sociedades mixtas en que los rusos se llevaban la parte del león, o los tratados comerciales en que Moscú compraba a sus amigos a 5 lo que luego vendía a 10 en el exterior -incluso en EE.UU. por intermedio de Egipto. Y, naturalmente, las libertades fueron cercenadas y la intromisión y el control de los funcionarios soviéticos se convirtió en algo insoportable.

La situación aparejó consecuencias inevitables.

a) El desencanto de muchos dirigentes comunistas sinceros, que deseaban la revolución para sus pueblos. Surge entonces el "comunismo nacional". En Yugoslavia triunfa -obsérvese la ubicación occidental de Yugoslavia y recuérdese las bases populares de su revolución para comprender su éxito- pero en los otros países se traduce en procesos resonantes de traición, caídas en desgracia y ejecuciones. El nacionalismo era una virtud en Asia y un pecado en Europa.

b) El descontento y la desilusión se propagaron en las masas. Primero estalla el resentimiento de los campesinos, luego el de los obreros. De ese momento, de esa frustración, se nutren las sublevaciones de 1953 que, como la de Poznan, empiezan su rebeldía al grito de Pan y Libertad.

En 1952 Stalin publicó un libro clave para la comprensión de estos problemas. Se llama "Problemas económicos del socialismo en la URSS", y en él sostiene la vigencia lozana de la teoría leninista para explicar las guerras interimperialistas. El pensamiento de Stalin puede resumirse así: El imperialismo capitalista seguirá funcionando en la posguerra según la misma ley que regula su historia desde fines del siglo XIX. Vale decir, crisis, búsqueda angustiosa de mercados, lucha diplomática por ellos y, finalmente, guerra de redivisión imperialista. Se espera, pues, una futura guerra entre EE.UU. e Inglaterra. De ahí que la Unión Soviética debe fortalecerse, endurecerse en su intransigencia y esperar. Cuando llegue el momento -o sea, la guerra anglo-yanki- apoderarse del mundo será casi un paseo militar.

Un lindo, armónico y seductor razonamiento. Con un solo defecto. Es falso de la cabeza a los pies. El capitalismo ha pasado la etapa de las luchas interimperialistas y entra en la etapa de la integración mundial en provecho de Wall Street. No habrá, pues, tal guerra interimperialista. Pero además, las armas termonucleares han impuesto una larga paz del miedo. Estos dos hechos han pulverizado la hipótesis en que Stalin fundamentó su absurda y reaccionaria política internacional de la posguerra. Este magno error del mariscal no deja de tener su cuota parte en la desestalinización al uso del día. La URSS, que no puede esperar la guerra entre sus enemigos para dar el golpe definitivo, y que ya se ve en la imperiosa necesidad de convivir en paz con el mundo capitalista si no quiere comprometer las bases de su propia existencia, ha tenido que abandonar la intransigencia y el mal genio. Ahora está en plena "operación sonrisa". "Comercio y amistad", dice N. Jruschov.

A ello se agrega la presión de sus propias masas, más capacitadas, con mayores posibilidades que nunca de desear bienestar, saber, participación en la conducción de sus vidas. Ahí están las razones del viraje actual. Es una concesión táctica y no un cambio sustancial. Aunque, por ese camino, es indudable que el cambio puede llegar. Y todos -los que deseamos el triunfo del proletariado- queremos que llegue.

Es indiscutible que las sublevaciones de 1953 se parecen mucho a la rebelión de Poznan. Pero también se diferencian de ella. Me explico: todas tienen la misma raíz que ya hemos analizado, pero ésta de hace pocos días en Poznan ocurre cuando factores internacionales e internos perturban y sacuden al mundo soviético. La insurgencia de los pueblos satélites puede ser un factor más que acelere la transformación de una clarinada, de una aurora.

Mr. Duluth está asombrado de lo que hemos hallado en el "enigma Poznan". Nada menos que una clave para estudiar el porvenir de la humanidad. Es nuestro anhelo que ese porvenir acerque a la clase obrera hacia sus ansiadas metas históricas.

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ESTA ES LA NOTA que agregan a continuación los editores de la página "Socialismo Posible" que publican el artículo de Trías, resumiendo aportes posteriores de este autor.
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Cuatro meses después, el 26 de octubre de 1956, Trías retoma el tema en El Sol, en un artículo titulado "La respuesta del pueblo polaco y los méritos del marxismo".
Destaca que, desde Poznan, el mundo soviético había sido sacudido por hechos detonantes. "Polonia, de una manera espectacular y con la dirección del ex heresiarca Wladislaw Gomulka, entra en el camino del 'comunismo nacional' desbrozado por Yugoslavia en 1948. Los estudiantes húngaros protestan pública y airadamente -con el consentimiento del gobierno- reclamando que su país adopte la misma postura. Agitaciones obreras y nacionalistas conmueven a Rumania y Alemania Oriental. Vale decir, estamos frente a un panorama de crisis profunda en el 'glacis'. Creemos que estos hechos ocupan un sitio de indispensable importancia en la problemática contemporánea. En rigor, aunque parezca una extraña e insólita paradoja, guardan cierta simetría con la nacionalización de Suez. Ambas cosas se ubican en la tendencia histórica fundamental de la segunda mitad del siglo XX: lo que alguna vez hemos llamado la rebelión de las orillas".

Luego repasa algunos hechos significativos, como la diferente actitud de los tribunales que juzgaron a los cabecillas de Poznan, que "rebasaron las normas habituales y tradicionales de las clásicas purgas comunistas", y en cambio "reconocieron la justicia de las demandas obreras, descartaron la tesis de una intromisión provocativa desde el exterior, y aplicaron penas relativamente leves". En segundo lugar, la imposición de los puntos de vista de Yugoslavia, modelo de los levantamientos en los satélites soviéticos. En tercer lugar, la destitución de dos stalinistas en Hungría y Polonia, y su sustitución por Erno Geroe y Gomulka respectivamente.

"El encumbramiento de Gomulka es, sin duda, el acaecimiento medular. En efecto, su personalidad representa un viejo y acendrado criterio 'titoísta', que le valió expulsión y cárcel en 1949. Geroe, en cambio, es un stalinista que viró a tiempo; expresa con bastante fidelidad la fórmula soviética de la desestalinización".

Concentrando su atención en Polonia, entonces, Trías destaca que, "apena anunciado el regreso de Gomulka al Politburó, se produce el sorpresivo viaje de Jruschov a Varsovia, acompañado de tres altos jefes militares (...) Es que para Moscú el reintegro de Gomulka ha sido una derrota y, probablemente, una derrota ante exigencias de Tito. El Kremlin sabe que Gomulka sostiene, intransigentemente, una línea independiente para el comunismo polaco, que ha sufrido postergación y encierro por defender el derecho de su pueblo a realizar 'su revolución', que es excesivamente popular en Polonia. (...) La pretendida presencia de Jruschov y su comitiva en las deliberaciones del Politburó polaco fue una torpeza de quienes se empecinan en seguir aferrados a un status fenecido. En vida de Stalin una visita semejante hubiera sido un acontecimiento sensacional, oportunidad para el ditirambo y la exaltación de muchas cosas, entre las cuales la primera, el mismísimo Mariscal. Pero ahora es una irritante intromisión extranjera en los asuntos internos de un gobierno poseído por una apasionada voluntad autonomista. Los ilustres viajeros no fueron admitidos a la discusión del Politburó y, a pesar de su permanencia en la capital, Gomulka pronuncia un brillante y extenso discurso en el cual postula la tesis de la liberación polaca al estilo de Tito. Se le elige Premier y se desplaza del Comité Central a Rakovsky" (el hombre de Moscú). "Mientras tanto, el pueblo, el ejército y la intelectualidad adhieren fervorosamente a la nueva línea independentista y liberalizante. Hay insultos y reproches entre la prensa polaca y Pravda, manifestaciones populares antisoviéticas, movimientos de tropas rusas (reales o imaginarias), velada amenaza de la escuadra moscovita en el Báltico, etcétera. En definitiva, Jruschov regresa con las manos vacías y la nueva situación se consolida".

Trías resume "Las causas profundas" de esta situación, remitiéndose al artículo antes mencionado, "Enigma para Poznan". Y finaliza este de cuatro meses después:

"Los polacos ganan una polémica

"El tema es apenas planteado. Las urgencias del periodismo sacrifican el estudio debido de los problemas a la prontitud con que se entregue la nota en la redacción. Han quedado muchas interrogantes por resolver. Entre otras, la significación que pueda tener en el futuro del mundo la actual crisis de Europa Oriental. Ya llegará la oportunidad de decir lo que aquí no se ha dicho.

"Pero antes de poner punto final a estas reflexiones, queremos hacer una puntualización. Nuestra interpretación de lo que llamamos 'el caso Poznan' suscitó réplicas discrepantes y extensas. Nos habíamos prometido continuar la polémica pero razones de militancia han postergado, hasta ahora, el propósito.

"La verdad es que el pueblo polaco ha contestado por nosotros, y lo ha hecho dándonos la razón. El discurso en el cual Gomulka explica las causas de la rebelión polaca coincide enteramente con nuestras afirmaciones de entonces. No es, por cierto, un mérito nuestro. Lo es, sí, de las categorías marxistas correctamente aplicadas a dilucidar la realidad en que vivimos".

Y 40 años después pasaría lo que pasó. 



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